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lunes, 4 de septiembre de 2017

Europa no hace los deberes ante el drama de los refugiados


Ahora hace dos años que una fotografía estremeció a buena parte del mundo. La del pequeño Aylan, un niño kurdo de tres años que murió ahogado en una playa turca cuando su familia, solicitante de asilo, trataba de llegar a la costa griega. No era el suyo un caso aislado. Pero Aylan se convirtió en un símbolo del drama que estaban sufriendo millones de refugiados, sobre todo de Oriente Próximo, que huían de las guerras, del hambre y de un enemigo tan peligroso como el Estado Islámico. Cabe recordar que aquel verano de 2015 se vivió uno de los momentos más duros del éxodo de migrantes sirios y de otros países vecinos que intentaban llegar a Europa, lo que provocó una de las mayores crisis en la UE.

Lejos de estar resuelta, la situación de cientos de miles de refugiados atrapados a caballo entre Europa y Turquía sigue siendo desesperada. Pero como el acuerdo suscrito en 2016 entre la UE y Ankara sí ha logrado que se reduzca considerablemente el número de migrantes que logran poner sus pies en territorio europeo, los gobiernos de los Veintiocho miran hacia otro lado y este dramático problema ya no figura entre las prioridades de la agenda política comunitaria. Hasta el punto de que prácticamente ninguno de los países de Europa va a cumplir los compromisos de acogida y de reasentamiento de refugiados que vencen este próximo 26 de septiembre.

Fruto del mencionado acuerdo entre Bruselas y Ankara, los Veintiocho aceptaron reubicar a 106.000 migrantes que permanecen en campos humanitarios de Italia o Grecia, los dos países más afectados por el flujo de refugiados y absolutamente sobrepasados por esta crisis humanitaria. Pues bien, de esa cifra -a todas luces baja- sólo se ha reasentado a poco más de 20.000, lo que constituye no sólo un incumplimiento de compromisos adquiridos, sino también una auténtica vergüenza en el terreno político. Apenas un puñado de países han cumplido sus deberes. La mayoría está muy lejos de hacerlo, con casos tan sangrantes como España, que de los 17.337 refugiados que le asignó Bruselas en el reparto de cuotas fijado, sólo ha acogido al 10%. El secretario de Estado para la Unión Europea, Jorge Toledo, admitió ayer que resulta "imposible" que nuestro país satisfaga la demanda de las autoridades comunitarias, excusándose en la complejidad del proceso, que pasa antes que nada por la identificación de los beneficiarios del reasentamiento. Pero a nadie se le escapa que lo que ha faltado en todos estos meses ha sido auténtica voluntad política.

La canciller alemana, Angela Merkel, lamentaba en un acto de precampaña que Europa "no haya hecho aún sus deberes" en cuanto a política de inmigración. Los Veintiocho se han limitado a poner parches a un asunto de tanta complejidad a través del vergonzante acuerdo con Turquía o de pactos con las autoridades de Libia para taponar el flujo de refugiados hacia Grecia. Y, más recientemente, Europa ha empezado a presionar a países de tránsito de migrantes subsaharianos, como Níger y Chad, para que se impliquen en el freno de su avance hacia Europa. Pero, como denuncian las ONG, las medidas policiales y militares contra las mafias de momento ya han provocado que los traficantes, acosados en las rutas, abandonen a su suerte a miles de personas en mitad de la nadas.

Así las cosas, resulta intolerable la falta de humanidad con la que los Estados de este primer mundo que es Europa abordan el problema. Pero no cabe esperar más en tanto en cuanto la UE ni siquiera tenga capacidad para sancionar y ejercer presión sobre aquellos países que incumplen sus propios compromisos.

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